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Llévame como un verso

Hay una conciencia profunda del drama social de las multitudes desplazadas y exiliadas, no sólo en Suramérica sino en otros continentes. Los pueblos, las gentes dicen: "Sabíamos que todo era agua revuelta y pozos enlutados", entonces, resurge la evidencia de la Gran Culpa y quedan "huellas de tormenta" en los vocablos. El exilio es otro naufragio y un destierro que "muerde las horas". Al introducir otros elementos líricos y estéticos, prepara un desenlace en que el poeta "con canto afónico dibuja el horizonte". Entretanto los poetas, las poetas, "construyen lo que pueden" como "alfareros de la vida".

Un hermoso poemario, en que como dice Francine Masiello refiriéndose a ciertas poetas argentinas: "se entra en la paradoja máxima de la poesía, pues el uso de la palabra remite a un significado que elude la palabra misma; se revierte el mundo intuitivo donde rige su poder sensual".

Helena Araújo

Las tres estaciones que componen este libro, amplifican el suceder sigiloso del orden de cada poema. A lo mejor el infierno para la poeta es una estación en la cual queda lo que ya no es y su aprendizaje es inútil. Es expulsada por conservar una fe: la obstinación de la poesía. La segunda, es conmovedora. Ese territorio de las almas sin nombre y quién sabe qué otras, dejó de existir por disposición de los teólogos,
inventores de zoologías como pensó Borges. En este libro esa palabra, limbo, que alude a "estar en nada" es un nombre que quiere referirse a lo que no está. Allí se erige la locura de cantar con palabras reducidas a cenizas, ruidos que se atoran,
ausencia de pasos, o pasos sin huellas, como vuelo que no marca el aire. En la desolación de la nada la poeta se obstina en arrancar su lengua. No es la lengua de la creación, es la lengua de quien al padecer la expropiación de las palabras, escupe hasta secar la lengua y abandonarla embalsamada y rota y reconocer que ahora cuenta con la sangre. Apenas la sangre. La poeta entonces dibuja el horizonte. Traza en el papel.